Mi experiencia en el Mobile World Congress

Mi experiencia en el Mobile World Congress

by Julia Vega

Barcelona es un lugar fascinante para vivir. En la llamada Ciudad Condal, una chica con inquietudes y ganas de hacer muchas cosas tiene todo lo que puede imaginar. Es fácil encontrar cada semana nuevas propuestas para acercarte a la cultura, como exposiciones de arte, conciertos, funciones de teatro, variopintos museos…

Pero, además, regularmente la ciudad se convierte en el escenario de grandes citas a nivel mundial, donde, no solo descubrimos nuevas tecnologías e increíbles avances, como con el Mobile World Congress, si no que la ciudad se llena de gente de todas las nacionalidades, de emprendedores, inventores e interesantes empresarios con los que a veces es posible compartir una cena o un delicioso cóctel en uno de los geniales locales que esta ciudad posee.

Y si hago mención a esta impresionante feria, dedicada a los avances tecnológicos de telefonía móvil de última generación, es porque el año pasado mi experiencia durante estos excitantes días fue muy particular.

En ocasiones especiales me gusta dejarme llevar por las propuestas que me hace la agencia de escorts con la que trabajo puntualmente. Sé que las citas que me ofrecen encajan con lo que me gusta, e incluso con el estilo de relaciones con las que disfruto experimentando. Y eso ocurrió durante la anterior edición del Mobile World Congress. ¿Te apetece que te lo cuente?

La cita fue en el hall del Casa Fuster. Un hotel modernista y con una decoración increíble. Cuando crucé las puertas de cristal, vi a un hombre con un elegante traje sastre, ojeando un periódico norteamericano. Enseguida sus ojos se clavaron en mí, y sonreí. Supe que era él por la descripción que me habían dado y él también sabía de qué color serían mi vestido y mi abrigo.

Cuando me acerqué a él para presentarme, ya se había puesto de pie. Le di dos besos y su fragancia amaderada y masculina me sedujo al instante. Debió notarlo por la sonrisa cargada de intenciones que se dibujó en mis labios.

Su acento era británico, correcto y suave. Me contó que no era la primera vez que venía a Barcelona, pero sí que se estaba estrenando trayendo su empresa a esta gran cita tecnológica a nivel internacional. Creo que en quince minutos de conversación aprendí más que en toda una asignatura de mi universidad.

Hablábamos mientras bebíamos dos Cosmopolitan que él mismo había pedido en cuanto me senté junto a él. El efecto del vodka empezaba a hacerse visible en mi cuerpo, que, en combinación con su tono de voz, su estilo y su fragancia, me tenía completamente seducida. Precisamente esto es lo que me gusta de estas citas a ciegas. Los hombres que conozco a través de la agencia me resultan fascinantes, siempre con interesantes historias que contar y con una experiencia vital que me abre a otros mundos distintos al mío.

En mi Facultad de Derecho también hay personas interesantes, compañeros y compañeras con los que comparto muchas horas entre clase y clase, pero la gente de mi edad no me ofrece lo que encuentro en estos hombres sofisticados. Los chicos de la universidad se comportan casi como niños, y yo necesito estar en brazos de un hombre de verdad para sentirme una mujer.

No pasaron muchos minutos más antes de que mi acompañante me propusiera subir a la habitación. La mirada peligrosa que le lancé junto a una media sonrisa, lo dijo todo, así que dejó el New York Times sobre la mesa y me señaló el camino al ascensor.

Atravesamos una estancia cargada de belleza, con ese estilo modernista que caracteriza a Barcelona. Un curioso contraste con los espacios hipermodernos llenos de ingeniería de última generación que al día siguiente pude conocer en el Mobile World Congress. Pero, vayamos por orden.

Cuando entramos en la habitación me encantó el estilo sobrio y la decoración del hotel. Pero me gustó más que mi anfitrión me dedicara una mirada que hablaba sin palabras. Dejé el abrigo y el bolso sobre un silloncito azul marino de terciopelo y enseguida noté cómo su mano rodeaba mi cintura. Me gustó.

Me dio un beso suave en el cuello y, sin dejar de dedicarme esa sonrisa seductora, me ofreció algo de beber. El Cosmopolitan todavía chispeaba en mi cuerpo, pero insistió en abrir un benjamín de champagne francés, con el que al cabo de unos instantes ya estábamos brindando.

Sin soltar la copa, fui yo la que le di el primer beso en los labios. Sentí el dulce sabor del champagne y un electrizante cosquilleo que subía por mi espina dorsal. Sus manos rodearon mi cuerpo, acariciándome por encima del vestido. El tejido crujía con su abrazo mientras su lengua se enroscaba en la mía, potenciando mi excitación, mi ilusión, mi deseo… A medida que la intensidad de sus besos aumentaba también lo hacía la dureza de su miembro, que podía sentir a través de sus pantalones. Ese descubrimiento me encantó, hizo hervir mi pasión, y sin mediar palabra le quité la americana, deslizando mis manos por debajo de su camisa.

En un instante ya estábamos sobre la cama, con sus brazos rodeándome, en busca del cierre del sujetador. Nos reímos entre beso y beso. Era curioso que un hombre que había desarrollado una tecnología increíble que ahora se hacía indispensable para la marca más importante de Smartphones de este siglo, fuese vencido por los intrincados corchetes de un sostén de satén de Victoria’s Secret.

Cuando por fin lo logró, mis pechos quedaron libres frente a él. No tardó en cubrirme de besos, acariciándome con sus manos mientras yo acababa de quitarle la ropa. Su intenso y masculino perfume apelaba a una parte de mí, insaciable y salvaje. Quería darle placer con mi lengua, con mi boca, con mi cuerpo entero, sentir la dureza de su miembro penetrarme hasta estallar de placer… una, dos, y hasta tres veces.

Tras el tercer orgasmo, perdí la noción del tiempo. Me sentía abrumada, deseada, y totalmente excitada. Pero aún llegó un cuarto orgasmo, que compartimos. Su rostro se iluminó mientras el clímax se apoderaba de él, gimiendo, gritando palabras en inglés que amortigüé con mi mano. Eso pareció excitarlo más. No dejó de mirarme a los ojos durante ese estallido de placer, hasta que, por fin, caímos exhaustos sobre la cama deshecha.

A medida que nuestras frecuencias cardíacas se relajaron, retomamos la conversación, esta vez con un punto de intimidad y confianza que antes no teníamos. Fue una noche intensa, sexy y muy divertida. A él aún le quedaban varios días en la ciudad, presentando sus productos y su software en la feria, así que me ofreció una invitación para visitar el Mobile World Congress. ¡Qué ilusión! Como una adicta a la tecnología, no podía perderme una ocasión así.

Cuando, al día siguiente, pasé por delante del stand de Apple, lo divisé entre la gente. Me dedicó un discreto guiño y una sonrisita, quizá pronosticando una nueva y apasionada cita para esa misma noche…. ¿Quién podría resistirse?

 

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